dimarts, 16 de març de 2010

Relato corto

De vez en cuando me gusta escribir alguna cosita. Aquí dejo un pequeño relato. Aunque no sea bueno, espero que os guste y lo podáis disfrutar ^^

Por la ventana entraba la tenue luz del anochecer. Estaba cansado y, sólo habiendo entrado por la puerta, se fue directo al sofá. Cuando se sentó intentó escuchar otra vez aquella voz tan familiar que ya no volvería a escuchar jamás.


Entonces, Napoleón le saltó a la falda. Estaba ansioso esperando las caricias de las seis y media de la tarde. Esta era la hora en que una mano, ya arrugada por el paso del tiempo, se paseaba muy cuidadosamente por su denso pelaje gris; mientras que, en la tele, emitían aquella telenovela. Había empezado siendo una historia muy interesante: una chica de un orfanato que, cuando crece, decide buscar a su verdadera familia; pero, en su camino, se le cruzan dos hombres que podrían ser el amor de su vida. Evidentemente, el hombre que eligiera le llevaría muchos problemas.


Pero aquella tarde, la tele no estaba encendida. El único ruido que se escuchaba en toda la casa era el ruido del motor de una vieja nevera.


Aquél molesto ruido llegaba por la puerta que daba a la cocina. Allí, en un rincón, se encontraba el viejo electrodoméstico. Tenía un viejo color blanco que se había vuelto amarillento con el paso de los años y, su funcionamiento, empezaba a dejar mucho que desear.


Frente a éste, estaba el mueble de la cocina, un viejo mueble hecho con madera de pino que, poco le faltaba para caerse a trozos. El color de la madera se había visto alterado por las sustancias con las que allí habían trabajado durante todos estos lagos años y, estaba cubierto por una fina capa de una sustancia pegajosa. Quizás fuera del aceite y de los aromas de los guisos de la señora de la casa.


Era obvio que a toda aquella habitación le hacía falta una buena limpieza, ya no sólo al mueble, y a la nevera, sino también a las baldosas que cubrían las cuatro paredes de la estancia. A éstas, además de un buen repaso con un jabón desengrasante, le urgía la necesidad de una limpieza de sus juntas con blanco españa.


En la cocina, también había una mesa con dos sillas y un banco. También estaban hechos con la misma madera que el mueble y, también estaban desgastados por el uso que se les había dado. El paso de una cuadrilla de pequeños alborotadores tres veces al día se dejaba notar.


Las barras de las sillas estaban desgastadas de haber puesto los pies durante más de veinte años, al igual que la barra que había en los pies de la mesa. Pero el mayor daño se lo había hecho el mal hábito de Napoleón que, a pesar de las innumerables regañinas y cachetes que le habían propinado, jamás dejó el gran placer que le suponía hundir sus garras en las patas de madera de la mesa. De éste modo, el gran felino mantenía sus armas para defenderse de cualquier incordiador que se le pudiera acercar.


Del techo colgaba una lámpara sencilla para complementar la luz que entraba por la puerta que daba al jardín. Justo al lado de la puerta, había crecido un cerezo que dejaba casi a oscuras la estancia. Pese a los maltratos de la bandada de las incansables criaturitas, el árbol había crecido fuerte y robusto. Aún se podían distinguir las cicatrices de las batallas que libró en su momento.


La tercera puerta que tenía la cocina daba al recibidor. Al contrario que la primera, éste parecía muy bien iluminado. La puerta de la entrada tenía una pequeña ventana con vidrio translúcido y, a cada lado de la puerta, habían dos estrechos ventanales con el mismo vidrio. Para adornar, había un pequeño centro de flores secas encima de una pequeña mesita y, una estora para limpiarse los pies al entrar. Allí mismo, estaba la escalera para subir al piso de arriba de la casa, donde estaban las estancias más privadas e íntimas de la casa: los dormitorios y el baño. Allí arriba quedaban las experiencias más bonitas que pudieron compartir aquella familia y, también las más dolorosas. También era el único lugar que Napoleón jamás había estado.


Pero esa tarde, Napoleón, que se había cansado de esperar sus caricias de las seis y media de la tarde, había subido al dormitorio dónde esperaba encontrar aquella mano arrugada que cada tarde, sin falta, le había acariciado con cariño. En su lugar, encontró una manta a los pies de la cama, dónde se enroscó para calentarse después de haber estado bajo la fría mano del sofá del comedor.



El final quizás me ha quedado un poco repentino, pero no sabía como acabarlo. De otro modo, no habría sido un relato corto XDDD

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